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martes, 21 de octubre de 2008

Cuando estaba enamorado

Recuerdo que había algo que me motivaba en la secundaria para asistir a clases: se trataba de aquella chica que me gustaba entonces, como consecuencia de los tantos años que pasé en la secundaria la respectiva mujer amada cambiaba de vez en cuando, pero no así mi motivación para seguir asistiendo por ella. Hubieron épocas, hubieron tiempos, hubo momentos para cada una de ellas, y escribo esto por una pregunta que de pronto se instaló en mi mente: ¿Desde cuándo perdí esa motivación, de sólo levantarme en las mañanas para estar con ella?


Pudo haber sido en algún momento del bachillerato o quizá entrando a la universidad, porque es ahora que me doy cuenta -apenas- que esa sonrisa de las mañanas desapareció ya hace bastante tiempo, y sólo la veo en el recuerdo como otro suceso nostálgico que se agarra de las paredes de mi mente con tanta fuerza y tanto temor de ser olvidado.


Ese interés que si no movió montañas sí me impulso a que moviera los pies; a levantarme temprano, a dormirme tarde; a mandar un mensaje, a mandar muchos; a hacer una llamada o a recorrer largas distancias sólo para ver su cara, porque aún cuando la tecnología ha avanzado mucho me resultaba inmensamente necesario estar frente a ella, cara a cara. Cuando todo esto pasaba no importaban los sacrificios, no importaba que odiara hablar por teléfono o mandar mensajes; no importaba que ya fuera tarde, que me tuviera que levantar muy temprano; no importaba la distancia, el dinero, el pasaje.


Cuando recorremos un camino, de tal forma que se vuelve rutinario, lo recorremos tantas veces que dejamos de ver cosas, dejamos de ver los detalles que hacen interesante el viaje, la vista ya nos parece la misma y caminamos sin ninguna motivación; creo que sucede lo mismo con la vida y el pasar de los años, la pregunta que me hago es sólo una de todo un archivero de interrogantes: ¿cuándo dejé de mirar al cielo?, de maravillarme por la luna, por las estrellas, de arriesgarme a mirar el sol; ¿cuando dejé de preguntar '¿por qué?'?, esa pregunta que los niños vuelven perdurable, que hacen para saciar su curiosidad; ¿cuándo dejé de saltar, correr y jugar?; ¿cuándo empecé a percibir que de todo el día ya no me quedaba tiempo para hacer nada? porque a diferencia de los días de antaño éstos duran 24 horas; ¿cuándo perdí mi fe? hacia todas esas cosas que ahora me parecen casi imposibles.


Me doy cuenta que el motivo de estas palabras no es responder a mi pregunta, ni siquiera sé si estoy preguntando bien, pero tengo una razón para pensar en esto porque en mi vida, justo en este tiempo, se ha jalado un gatillo que ha revuelto toda mi cabeza y aunque sé que con el tiempo este sentimiento desaparecerá no quiero olvidar lo que siento por muy tortuoso que sea, aún si fuese un efímero deseo o un tiempo muerto que jamás volverá, prefiero seguir pensando en esto sin dejar pasar ninguna sensación, quizá así sea mi suerte en que llegue el momento de que la respuesta me sea revelada o tal vez llegue al punto en que no necesite respuesta nunca más.

1 comentario:

May dijo...

Yo me he preguntado lo mismo...